Ya decía Sartre que el infierno es el otro, y todas las teorías llenas de caridad, y todos los discursos bienintencionados, y todo el voluntarismo dialéctico choca con una realidad incontrovertible: los emigrantes han acaparado los espacios públicos. De repente, las madres, los abuelos españoles, los adolescentes, han comenzado a sentir una especie de rechazo a los parques y jardines de las ciudades, y ya no los visitan o lo hacen con una asiduidad visiblemente espaciada. Al mismo tiempo, los emigrante -¡qué rara coincidencia!- parece que han descubierto los enormes atractivos de estos lugares, y basta penetrar en estos recintos para comprobar que un altísimo porcentaje de los que allí están no son españoles de origen.
Existe una explicación benevolente que lo achaca a que los aborígenes habitan en pisos más confortables, y que eso les impele a salir menos de sus casa, pero antes de que los emigrantes alcanzaran el diez por ciento del padrón, vivían en las mismas casas, tenían parecidas comodidades y, en cambio, salían a menudo a pasear.
Hay otra explicación, tan discutible como la anterior, que achacaría esta especie de huída a un rechazo por los que nos visitan.
Hablo sin prejuicios de ninguna especie, porque los dos últimos años de senilidad severa de mi padre se hicieron llevaderos gracias a la paciencia y cariño de dos de estos emigrantes, pero constato una realidad fácilmente comprobable, y es esta ocupación de facto, que podría leerse -yo lo hago- como un signo evidente de discriminación. Discriminación, por cierto, que es también ejercida por los discriminados, y observo con frecuencia que los marroquíes no se mezclan con los iberoamericanos, ni estos con rumanos y polacos.
Somos una consecuencia del mestizaje, pero han pasado cientos de miles de años. La mezcla social es difícil, y lo es incluso en una misma familia. El hecho está ahí, delante de nuestros ojos, basta un paseo por el parque local para darte cuenta de que los que patinan, juegan al baloncesto, corren o se sientan sobre la hierba, no son del mismo Calatayud, ni sus padres de Salamanca.
Andamos tan asustados por lo que deben los bancos, y tan entretenidos enviando currículos de nuestros hijos, y tan distraídos con el juego de acusicas en el seno del Consejo General del Poder Judicial, donde se denuncian unos a otros por los gastos de unos viajes, que hablar de Grecia casi parece una extravagancia o uno de esos esnobismos propio de ciudadanos sin problemas. Habiendo, además, interesantes finales de campeonatos futbolísticos, y entretenidas disputas nacionalistas, siempre tan llenas de su ribete ridículo, ocuparse de lo que sucede en otro país puede parecer una frivolidad. Y, sin embargo, el currículo del hijo, y el futuro de los bancos donde está el poco dinero que nos queda, y las bases sobre lo que podrá variar nuestra vida en los próximos años, reside en esa especie de barril de pólvora que se llama Grecia.
Es muy probable que no puedan formar gobierno, porque los partidos convencionales -los que podrían equivaler a nuestro PSOE y a nuestro PP- han sido devorados por la extrema derecha y la extrema izquierda. No sé si han visto al líder nazi griego acompañado de su guardaespaldas, pero extraña que no le asome la culata de la pistola por encima de la cintura del pantalón. Y no quiero referirme a los que quieren dejar los palacios como la Acrópolis, o sea, en ruinas. Entretanto, el Banco Central Europeo no suelta un euro más, y es posible que, si la situación se prolonga, cuando llegue el 1 de junio, los policías, los jueces, los profesores, los funcionarios comprueben que no les han ingresado el dinero de las nóminas. Los nostálgicos del nazismo y del leninismo dicen que hay que salirse del euro, pero si los griegos se salen del euro van a estar -según los expertos- un 80 por ciento peor de lo que están ahora, que no están nada bien. “Pues que se jodan los griegos”, diría el tabernario. Pero es que se larvaría una guerra civil. ¿Una guerra civil en la Europa del siglo XXI? Hombre, no hace falta mucha imaginación: las carnicerías en Serbia, Bosnia y Herzegovina, que ocurrieron hace bien poco, superaron en barbarie y atrocidad a las cruentas guerras étnicas africanas.
Y en esas circunstancias, creer que eso no iba a afectar a la economía de los países de la Unión Europea sería como creer que la explosión de la bombona de butano en la cocina no va a afectar ni al dormitorio, ni al comedor.
No hay nada más tranquilizador que enfadarte por la mañana con las agencias de calificación y, por la tarde, con los mercados por dejar el Ibex hecho unos zorros. No hay nada más vitamínico que ponerte patriota a la hora del vermú, y decir que nos tienen manía, que están abusando de nuestra debilidad pasajera. Hasta que llega el Fondo Monetario Internacional, soltero de toda la vida, porque no se suele casar con nadie, y nos recuerda que algunas de nuestras entidades financieras están podridas como cadera de anciano decrépito, y que se nos puede romper un hueso de fondos de reserva en la caída, pero una caída de esas de “pa habernos matao”. Esos pisos sin vender, esas urbanizaciones sin escriturar, esos bloques de viviendas de las que se han hipotecado unas pocas unidades, y esas otras hipotecas cuyos recibos mensuales devuelve el hipotecado, están colocadas como patrimonio, pero son un lastre, porque su capital es meramente teórico. Yo puedo asegurar que he vendido un perro por un millón de euros, cuando en realidad lo que he hecho ha sido cambiarlo por dos gatos valorados en quinientos mil euros cada uno, pero al Fondo Monetario Internacional no le podemos contar eso, de la misma manera que Deloitte, no le podía decir a su cliente que puede que el perro valiera dos millones y los gatos un millón cada uno. Hay crisis para rato, para mucho tiempo, y también para Rodrigo Rato al que le vendrán bien sus conocimientos de yoga para serenar el ánimo. El de los ciudadanos no se sosiega viendo que cientos de millones van a parar a un banco, por mucho que nos digan que eso va a ser un buen negocio. Ya dijo Lorca que aquí pasa lo de siempre, que mueren cuatro romanos y cinco cartagineses. Lo que nunca pasa es que los bancos regalen parte de sus beneficios. Lo que siempre ocurre es que piden nuestro dinero para enjugar sus pérdidas. Y lo hacen sin vergüenza.
Ya es irritante pagar impuestos como un sueco y tener servicios como un español, pero lo que me enfada personalmente, y puede que en eso caiga en la exageración y en la injusticia, son los argumentos sandios y las justificaciones majaderas. Estoy convencido de que don Jaime García-Legaz, secretario de Estado de Comercio, es un hombre capaz, y ya sé que no entra cualquiera a trabajar en el servicio de Estudios del Banco de España, y dicen que tiene la cabeza muy bien amueblada. Por eso mismo, debe vigilar la dialéctica, porque es casi una sevicia que, además de anunciarnos que vamos a pagar más, nos explique que eso es justo, necesario, benéfico y conveniente. Estos chicos, además de los votos, quieren cariño, y por conservar ese amor, que dura lo que dura la votación, enseguida vienen con coartadas que ofenden a la inteligencia. Primero dijo que en Europa ya se ha acordado que se pague en las autovías. Bueno, es una verdad a medias, que es la peor de las mentiras. Pero, a continuación, se sube para arriba y suelta la melonada de que no van a pagar los que viajan en los transportes públicos las autovías. Bueno, tengo un amigo paralítico que paga con sus impuestos el déficit del transporte público que no usa y los parques y jardines por los que no pasea. Y yo pago la escuela y la universidad, aunque ni yo, ni mis hijos gastamos los pupitres de ninguna escuela o universidad. Y pago con mis impuestos el precio político del agua de la agricultura, aunque no tenga ni una maceta, como los no letrados pagan el sostenimiento de las bibliotecas a las que no irán nunca, y los automovilistas pagan el déficit del ferrocarril provincial para sostener el precio del billete de trenes a los que nunca se subirán. Más aún: pagamos el sueldo del señor secretario de Estado, y sabemos que eso entra en el lote de nuestros impuestos, pero le rogaríamos que no emplee coartadas mamelucas e invocaciones necias que nos enojan y nos exasperan.
Nos domesticaron en la escuela y en la familia, haciéndonos creer que éramos dueños de nuestro propio destino, y hemos ido disimulando la falsedad hasta que un mal día te das cuenta de que tu destino lo ha marcado un estafador con corbata de Nueva York con la complicidad
posterior de una ministra mentirosa, nombrada por un político
extravagante de León, que creía que gobernar era jugar al póker con
garbanzos, y, a la vez, asumes que tu destino a medio plazo depende de lo que voten los franceses en la segunda vuelta. Miente la izquierda comunista francesa pidiendo jubilación a los 60 años y aumentos de sueldos por decreto, y miente Marine Le Pen, garantizando que si despachan a unos miles de extranjeros de Francia y abandonan la Unión Europea los galos volverán a alcanzar las glorias napoleónicas.
Pero de los que quedan algo más normales ¿quién miente mas?
¿Miente más Hollande, dogmatizando en que el camino no es ajustar gastos, sino aumentar la deuda, o es más falsario Sarkozy, afirmando que los sacrificios que requiere la política alemana nos van a sacar del atolladero?. ¿Es más embustera Elena Valenciano, asegurando con la cara maquillada con el cemento de la impostura, que la actual
situación es responsabilidad del PP, o es más hipócrita Rajoy,
empeñándose en que la única salida es dejar en el paro, durante dos
años, a uno de cada cuatro trabajadores, y en la miseria al 60% de las familias? ¿Quién engaña más, la izquierda derrochadora, que sigue
enseñando cuentas de cristal diciendo que son diamantes, o esta
derecha que se ha olvidado de que detrás de las cifras comienza a
aparecer gente que no puede dar de comer a sus hijos?
Me produce un gran desprecio esta lucha de intereses políticos a
costa de que manoseen mi destino, que ya no es mío, sino suyo, porque
siento que me lo están robando, que les importa un huevo, y que
cualquier día me volverán a engañar en cuanto noten síntomas de que me dejo.
Vivimos en una sociedad espástica, que pasa de la exaltación de la libertad a cogerse la libertad con un papel de fumar de los que ya no se fabrican, y a hacer dengues y cucamonas porque, de repente, todo le parece libertinaje. Los médicos británicos, a los que se les supone, además de conocimientos de su materia, sentido común, están realizando grandes presiones para que Mc Donalds y Coca Cola no puedan anunciarse en los juegos olímpicos. Estas dos grandes firmas
¿han cometido algún terrible delito y están fuera de la Ley? No, no, lo que sucede es que a los médicos británicos no les parece conveniente que haya anuncios de comida rápida asociados a acontecimientos deportivos, te lo juro de mi madre, que dicen en Modorro de los Infantes. O sea, que por las carreteras, mientras conduces, puedes encontrarte grandes vallas publicitarias sobre las satisfacciones que te puede proporcionar un ron o un whisky, y que si las tomas mientras conduces o antes de conducir te pueden llevar al otro barrio, y matar a otras personas, y eso está permitido, pero los médicos británicos no soportan que un espectador a contemple la carrera de los 400 metros lisos, y su candorosa vista tropiece con un anuncio de Coca-Cola, porque a los médicos les parece contraindicado, no sabemos si para el deporte, para el consumidor, para los médicos o para los fabricantes de whisky. Si nos ponemos estupendos, deberíamos prohibir los anuncios de pescado, porque pueden contener mercurio, y los de carne, puesto que pueden llevar clembuterol, y poner guardias jurados para que en ningún restaurante se ase la carne a la parrilla, porque la grasa produce benzopirenos, y todo el mundo sabe que si te tomas 100 kilos de benzopirenos en dos años, puedes sufrir un cáncer. Nada de anuncios de automóviles en las pruebas deportivas, ni de aditamentos de gasolina en las carreras de coches, porque los aditamentos, si los tomas con el zumo de naranja, te pueden matar. Y nada de anuncios de clínicas, porque a la gente le puede dar por operarse, y, sobre todo, perseguir cualquier anuncio de fármaco en las proximidades de los hospitales, no vayamos a influir en los médicos británicos, aunque si se cumplen sus radicales restricciones igual prohíben la enfermedad, con lo que -no sé si se han dado cuenta- se quedarían en el paro.