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“Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar.” Esa frase, pronunciada por el idealista senador Jefferson Smith – un grandioso James Stewart – en “Caballero sin espada”, retumba en nuestros oídos del mismo modo que lo hizo en los de los espectadores de la época. La corrupción política no era un tema nuevo en Hollywood, pero hasta Capra, nadie había hurgado tanto en la herida ni había mostrado con tan claramente como la podredumbre se había instalado en determinados niveles de la democracia estadounidense. El objetivo del director fue influir en la sociedad y aquí lo consiguió mejor que en ninguna otra obra de su carrera. El mensaje era poderoso y dejó claro que la comedia es un vehículo excelente para polemizar y tratar argumentos tan serios como éste.
Cuando hace un año amanecimos con las plazas de España llenas de quienes se autodenominaron indignados no creo que nadie se sorprendiera. Como tantas veces a lo largo de la historia, sea el mayo francés o las marchas por los derechos civiles en los Estados Unidos de los sesenta, las democracias requieren, de vez en cuando, una cierta catarsis que las saque de su adormecimiento.
El mensaje de Capra se dirigía a una sociedad que acababa de sufrir uno de los períodos más difíciles de su historia económica y a esos sacrificios va a sumar, no mucho después, el esfuerzo bélico que supuso la Segunda Guerra Mundial. El mayo francés nació tras un decenio de prosperidad que se agotaba a pasos agigantados. Ambas situaciones tienen claros paralelismos con la situación que atraviesa España. Tras años de desarrollo, el paro es insoportable; la juventud tiene un futuro más que incierto; lo que antes mostraba solidez aparece hoy agrietado y todos los esfuerzos necesarios para salir de la crisis se exigen a unos contribuyentes, a los que se trata más como súbditos que como ciudadanos.
Las propuestas del 15-M son en muchas ocasiones utópicas y sólo a veces sensatas, pero nadie puede negarles que son sinceras y bienintencionadas como las del senador Smith de Capra. Si la realidad económica o política es compleja, los líderes democráticos tienen la obligación de ser didácticos y explicar a los ciudadanos con detalle cuales son los problemas reales y las soluciones propuestas. Lo contrario, suponer que la ciudadanía es menor de edad, es más propio del despotismo que de la democracia y recuerda aquella pintada del Grand-Palais que contaba como De Gaulle “empleó tres semanas para anunciar en cinco minutos que iba a emprender en un mes lo que no pudo hacer en diez años.”
Jefferson Smith es un idealista, como lo somos la mayoría de los ciudadanos, un hombre que cree en los valores de la democracia y de la libertad, que admira a los Padres fundadores, que se emociona cuando llega a Washington y contempla extasiado los símbolos de la democracia americana. Capra nos muestra la representación de esos valores supremos para, inmediatamente, enfrentarnos con la sucia realidad que se esconde bajo las alfombras de los lujosos despachos del poder.
A Capra, católico sincero y conocido republicano se le tachó, ridículamente, de pro-comunista por su denuncia de las corruptelas de los políticos eternizados en sus cargos. Desprestigiar a quien denuncia las propias miserias es una técnica totalitaria y poco inteligente utilizada con demasiada frecuencia.
Es más fácil demonizar a los que protestan en las plazas de España y a los muchos que no lo hacen pero coinciden en lo fundamental de su crítica, tildándolos de antisistema – aunque los haya – que asumir por parte de nuestros dirigentes que hay mucha razón en sus quejas.
El personaje de James Stewart denuncia una corrupción de la que se benefician unos pocos a costa del resto de la sociedad y quiere acabar con ello. ¿Es tan difícil entender que muchos españoles estén indignados, se manifiesten o no? Cada día pierden su casa familias enteras, la pobreza aumenta, el futuro parece cada vez más lejano y la mayor utopía no es levantar los adoquines para comprobar que debajo está la playa – como anunciaba una pintada en la Sorbona – sino encontrar un puesto de trabajo, sea o no digno, porque la necesidad de sobrevivir es cada vez más acuciante,
Extirpar la corrupción es hoy más importante que acabar con el cotidiano sobresalto de la prima de riesgo. Los inversores internacionales, como todo el mundo, son temerosos con su dinero y llevan años comprobando como los escándalos de corrupción se destapan en pequeños municipios o en los mismos umbrales de la Corona y es difícil encontrar un lugar donde no existan, al menos, sospechas. Los dirigentes de una democracia deben ser ejemplo y guía de los ciudadanos, ser la solución y no el problema. En estas circunstancias, nadie va a financiar a quien no le aporta la mayor garantía que puede ofrecer un deudor: la solvencia moral.
El descontento se acaba canalizando de alguna manera. Es obligación de los gobernantes que lo haga dentro de los cauces democráticos y en el ámbito de los valores por los que merece la pena luchar: la libertad, la justicia, la igualdad, o la solidaridad. En caso contrario, siempre habrá aventureros que capitalicen la desesperación. Ahí está el ejemplo de Grecia.
El final catártico de “Caballero sin espada” nos enseña que no hay heroicos vencedores solitarios sino ciudadanos. El sincero discurso del idealista Jefferson Smith consigue que al corrupto senador Paine (Claude Rains) le remuerda la conciencia hasta el punto de confesar públicamente sus delitos. Así que no es el héroe popular quien acaba con la corrupción sino la fuerza de los ideales que nos unen a todos. Quien ha malversado el apoyo ciudadano, recuerda que aquellos principios fueron también los suyos y se arrepiente.
Sólo generaremos confianza cuando el dinero se haga con el trabajo y el esfuerzo y no con sobornos, favores o influencia política; cuando se recompense la honradez y no la corrupción. Ese día, no habrá prima de riesgo
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Los celos y la irracionalidad son los auténticos protagonistas de “Otelo: el moro de Venecia”, que por la pasión que desprende se cataloga como una tragedia meridional. No es una novedad que para los europeos del norte, tipos serios imbuidos de la estricta moral luterana, los que vivimos a las orillas del mediterráneo somos algo exóticos en nuestra forma de entender la vida y la escala de valores que informa nuestras decisiones es – para ellos – incomprensible. Ya decía Churchill que “los italianos pierden las guerras como si fueran partidos de fútbol y los partidos de fútbol como si fuesen guerras”.
El acto quinto de Otelo nos recuerda a la crónica más negra de cualquier periódico sensacionalista. Shakespeare, antes de que el protagonista mate, ciego de celos, a Desdémona, narra como Yago apuñala por la espalda a Casio – lugarteniente de Otelo – y remata a Rodrigo que había sido herido por Casio. Para evitar que se descubra su juego, pues fue el instigador de los celos de Otelo, Yago mata a su propia esposa. Entonces Otelo, desquiciado por la muerte de Desdémona, acaba con la vida de Yago y se suicida.
Quizás por influencia del tópico, aún vivo, sobre los meridionales, el público británico, tan flemático y puritano, siempre ha considerado esta explosión sentimental un tanto repulsiva. No entiende que tal efusión de sangre no genere para nadie, beneficio alguno. Hay actos reprobables pero comprensibles. Que el rey Claudio envenenara a su hermano – padre de Hamlet -, y se casara con su viuda Gertrudis para conseguir el trono danés es un crimen que se explica por la obtención de la corona. Aun así Shakespeare lo reprueba poniendo en labios de Marcelo – fiel amigo de Hamlet – el famoso “algo huele a podrido en Dinamarca”.
Nuestras venerables Cajas de Ahorros, como Desdémona, han muerto asesinadas por quien más decía amarlas. Los partidos políticos que abominaban de convertirlas en bancos, han sido su celoso Otelo. Los líderes locales de todas las formaciones políticas han utilizado como argumento recurrente que al ser legítimos depositarios del voto eran, a su vez, garantes de unas instituciones cuya propiedad correspondía a todos los ciudadanos. Ciudadanos que hemos perdido algo que realmente nunca tuvimos más que nominalmente, aunque recibiéramos, en distinta medida, los beneficios ofrecidos por las Obras Sociales en sus ámbitos de actuación.
Los partidos se hicieron con la gestión de unas entidades cuya actividad bancaria no sólo era tradicional, sino muy conservadora. Nacieron en el siglo XV con la creación de los primeros Montes de Piedad a iniciativa de los franciscanos, preocupados por los altísimos intereses que los bancos cobraban a los particulares. A esos tipos de interés, el crédito estaba vedado para agricultores, artesanos o pequeños comerciantes.
Al igual que Desdémona abandonó a su padre, deslumbrada por las promesas de Otelo, las Cajas se rindieron ante los encantos de los partidos. Abandonaron su tradicional negocio, centrado en las clases populares y buscaron un futuro de alta banca muy lejano de aquellas operaciones generadas alrededor de los Montes de Piedad y de los préstamos a particulares que aportaban a sus Obras Sociales poca, aunque muy segura, rentabilidad.
Se ha certificado su defunción como consecuencia de una gestión politizada y de una sucesión de despropósitos trufados de celos localistas e intereses espurios. Con muy pocas excepciones, aquel panorama modesto pero eficiente se ha convertido en un páramo yermo que va a generar graves consecuencias sociales en el crédito a particulares y pequeñas empresas y sobre todo, en la labor ingente de la Obra Social. El Registro de Entidades del Banco de España de mayo de 2012, solo recoge dos Cajas de Ahorros, Pollensa y Onteniente. El resto son ya, directa o indirectamente, bancos.
¿Qué ocurrirá ahora con las Obras Sociales? Da igual lo que manifiesten políticos y dirigentes de todo pelaje. Están en su mayoría, heridas de muerte, puesto que su vía de ingresos o se ha visto muy mermada o ha desaparecido. Y a medio plazo, sus fondos dependerán de los beneficios que obtengan los bancos en los que se han integrado, ya que las antiguas Cajas son hoy, simples accionistas de entidades bancarias, cuyo patrimonio y rentabilidad estará sujeto a las fluctuaciones del mercado y a las políticas de reparto de dividendo que se decidirán cada año en las Juntas Generales de Accionistas.
El fin de las Cajas, es el de una forma de hacer y entender la banca minorista. Si analizamos la gestión de tanto político metido a banquero y la situación financiera en la que han quedado estas entidades, es muy posible que cambiemos de opinión. En la más clásica tradición hispánica, más que al grandilocuente, solemne y trágico final del “Otelo” shakesperiano, remeda a la farsa del don Mendo de Muñoz-Seca.
Si la amada Magdalena de don Mendo ignoraba “que a más de una hora, señora, las siete media es un juego”, muchos políticos elevados a las más altas cimas de la dirección de las Cajas, adolecían de una supina ignorancia financiera. El negocio bancario no es un juego pero se lo tomaron como don Mendo las siete y media y ha resultado ser “un juego vil, que no hay que jugarlo a ciegas, pues juegas cien veces, mil, y de las mil, ves febril que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Más ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!”
Las Cajas – dejémonos de eufemismos – se han arruinado financiando proyectos urbanísticos más orientados al lucimiento de los diversos caciques locales que a la búsqueda de la rentabilidad. La burbuja inmobiliaria ha sido para ellos el maldito cariñena que se apoderó de don Mendo y le hizo perder honra y fortuna.
“¡Ved cómo muere un león cansado de hacer el oso! Sabed que menda… es don Mendo y don Mendo… mató a menda.”
Sobre las Cajas de Ahorros, cayó el telón.
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Aunque ni siendo niño me gustaba el fútbol, ni hoy me apasiona, me hice del Atleti. Básicamente, porque Gárate era todo un caballero y jugaba con tal elegancia que parecía vestir de esmoquin. Ejemplos como el suyo o el que poco después nos dio Dirçeu a los niños de la época – veinticinco años en activo y ni una tarjeta roja – contribuyen a formar el carácter. Y el atlético es un carácter realista y fuerte, acostumbrado a sufrir, a pasar por el infierno como costumbre y a tocar el cielo sólo de vez en cuando. Como la vida misma. Es una forma de entender el paso por este valle de lágrimas que, sobre todo, educa para sobrevivir en la jungla por la que nos vemos obligados a transitar cada día. Tan alejado de los “peterpanes” que sólo saben ganar y cuando pierden se enojan y miran alrededor buscando culpables en vez de mirarse al espejo, como de aquellos que se saben pequeños, pero no están dispuestos a luchar para dejar de serlo y nunca conseguirán nada.
Los del Atleti sabemos que la vida se parece más a la frustración del coyote que a la insoportable y bobalicona carrera alocada y sin meta del correcaminos. La esencia del ser colchonero transforma la derrota en ilusión para empezar de nuevo. Como en la empresa, hay más grandeza en quien se levanta y vuelve a la pelea después de recibir un golpe que le hace besar la lona que en quien no sabe admitir que ha caído.
Hacen falta más luchadores y menos tiburones en la vida, la empresa y los mercados. Más juego limpio y menos codicia. Todos sabemos que el mayor problema de un matón es encontrarse con alguien que le mire a los ojos y le plante cara. En eso mi Atleti es maestro.
La clásica “auri sacra fames” no es el único motor del desarrollo económico porque la avaricia no sólo no crea riqueza sino que la destruye. Del mismo modo que un mercado sin competencia languidece, un equipo que siempre gana, no solo aburre sino que además, conforma caracteres débiles. Saber ganar es algo que no todo el mundo aprende. No olvidemos que los aficionados no marcan los goles, solo los celebran.
La percepción que se tiene de los mercados y el estado de ánimo habitual de quienes actúan en ellos no suele ser equilibrado; oscila entre la euforia y la depresión. Por eso, si Max Weber hubiera conocido a la afición del Atleti no habría titulado su famoso ensayo como “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” sino algo así como “El ser colchonero y el espíritu de empresa”.
El diccionario define la ética como el “conjunto de normas morales que rigen la conducta humana”. La forma de actuar de un empresario serio – no la de esos tarambanas que se creen alguien por tener un negocio y no pasan de ser “señoritos con empresa” – y la del aficionado del Atleti se nutre más del sufrimiento que del disfrute. Un empresario que cree en su negocio lo mima, arriesga por una idea, escucha y respeta a quienes le rodean y no renuncia. Del mismo modo que un atlético no abandona jamás sus colores y los apoya con más corazón en los peores momentos que en las poco habituales épocas de gloria.
En cambio, hoy sentimos cierto hartazgo al ver como algunos dirigentes de empresa, de los que pretenden ser modelos para las nuevas generaciones, abandonan el barco dejando la caja vacía y llevando sus bolsillos llenos. A diferencia de estos, la afición del Atleti demostró ser más atlética en segunda que en primera, como los grandes empresarios. Esos miles de héroes anónimos que regentan comercios familiares, despachos profesionales, pymes o pequeñas explotaciones agrícolas y saben que nunca tendrán un “haiga” con un chófer vestido de azul que les abra la puerta, pero sienten cada tarde al volver a casa – en una frase muy atlética – que a su empresa le queda un día menos de crisis, un día menos en el infierno.
A una afición que se siente orgullosa de ser del “Pupas”, nadie puede negarle que vive con los pies atornillados al mundo real. Ese donde se gana unas veces, se pierde bastantes más y la mayoría de ellas, te quedas igual. Pero el día que triunfas, el mundo es tuyo.
La finalidad de un empresario es crear riqueza gracias al esfuerzo conjunto de capital y trabajo. Esa acumulación de beneficios sólo es legítima si se obtiene respetando las reglas del juego. Las trampas son rechazables porque corroen los cimientos del libre mercado.
Cabría preguntarse qué es el espíritu de empresa. Para Max Weber, el beneficio obtenido por el trabajo no es visto como un medio para un fin; el empresario que ama su negocio no busca enriquecerse para retirarse. El “summum bonum” de este espíritu carece de toda mira utilitaria o eudemonista. No tiene a la felicidad, entendida como sentimiento inmaduro o infantiloide del triunfo, como principio y fundamento de la vida.
Vamos, que si Max Weber se hubiera acercado al Manzanares sólo para realizar el trabajo de campo, le habría quedado meridianamente claro que es más importante ser del Atleti – que es una forma de vivir y entender la vida – que triunfar. Ganar y perder, son excepciones a la norma, disfrutar de lo primero es grandeza, aprender de lo segundo, inteligencia.
No hay mejor metáfora de la economía y del devenir de una empresa que el estribillo que compuso Sabina para el centenario del Atleti: “Qué manera de aguantar, qué manera de crecer, qué manera de sentir, qué manera de soñar, qué manera de aprender, qué manera de sufrir, qué manera de palmar, qué manera de vencer, qué manera de vivir… Qué manera de subir y bajar de las nubes, ¡qué viva mi Atleti de Madrid!”
Por cierto, otra vez Campeón de la Europa League. ¡Aúpa Atleti!
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Con ocasión de una visita a Roma, un insigne político fue recibido en audiencia privada por Juan Pablo II. Supongo que la conversación que se mantiene en una reunión como esta debe ser breve y cordial. Así que, no sé si por cortesía, por mera curiosidad, o porque no se le ocurrió otra cosa, el ilustre visitante preguntó al Papa: “Santidad ¿cuánta gente trabaja en el Vaticano?” El Santo Padre, con aquel gesto sonriente que conquistó al mundo y cierta dosis de ironía le contestó: “Más o menos, la mitad…”.
El Papa no solo se refirió a quienes “confiesan con harto afán / y sentimiento profundo / que son lo más holgazán / que Dios ha puesto en el mundo”, porque estoy seguro de que alguien tan inteligente como él sabía que una organización mal gestionada genera más vagos que la propia indolencia.
El Santo Padre era el más indicado para detectar los defectos organizativos de la Curia Romana, que gestiona miles de diócesis a lo largo y ancho del mundo y cuya eficiencia o ineficiencia depende de los mismos elementos que la de cualquier otra organización.
Ese “más o menos, la mitad” es la constatación palmaria de una errónea asignación de recursos, sean humanos, materiales o financieros. La “otra mitad” reduce la eficacia del conjunto. Sea porque no hace nada, porque duplica trabajos, porque su labor es innecesaria o poco rentable o porque sólo se dedica a conspirar. Actividad esta atribuida, desde tiempos inmemoriales, a la Curia Romana y a la que no es ajena ninguna administración pública o empresa privada.
Las pequeñas empresas suelen ser poco eficientes; unas veces desperdician recursos al no poder darles utilidad y otras, en cambio, el trabajo se hace con más voluntad que capacidad. Las decisiones son rápidas pero la celeridad no garantiza el buen tino. Un empresario o profesional autónomo es como un párroco. Sus niveles de eficiencia son bajos ya que asumen todas las funciones posibles. Hacen de todo y lógicamente, no pueden hacerlo correctamente.
Aunque parezca paradójico, pues un crecimiento bien gestionado suele aumentar la eficiencia, las grandes organizaciones no siempre son un ejemplo de ello. Sus taras son otras: exceso de especialización y procedimientos, burocracia y falta de agilidad en la toma de decisiones.
La ineficiencia afecta por igual a la Curia y al párroco y eso lo sabía el Papa por propia experiencia. Igualmente, contamina a las grandes corporaciones y a los negocios familiares y, por supuesto, a la administración del estado en todos sus niveles. Muy a menudo el tamaño esclerotiza a las organizaciones y el paso del tiempo consolida el mantenimiento de estructuras anticuadas e inútiles y a veces, muy costosas.
Lo único positivo de una crisis económica es que nos obliga a tomar decisiones empujados por la necesidad. En épocas más bonancibles seríamos incapaces de hacerlo, tan sólo porque es más cómodo dejar las cosas como están y el inmovilismo acaba siendo algo inherente a la gestión de estados y grandes empresas.
En marzo pasado, el Consejo de Ministros decidió reducir el número de empresas y fundaciones públicas y a partir de entonces, la idea se está extendiendo a las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. Este tipo de decisiones son las que ayudan a conseguir un estado mucho más eficiente. Colaboran, además, a reducir el gasto público sin afectar al bienestar de los ciudadanos y, sobre todo, liberan fondos que pueden dedicarse a devolver deuda o a invertir para generar riqueza siendo ambas cosas muy necesarias. Nada hay que objetar: el estado venderá acciones, extinguirá sociedades, y agilizará la liquidación de otras además de reducir el número de fundaciones.
El plan es una excelente idea, pero la lectura de los anexos que detallan las sociedades en cuestión sorprende y se constata, una vez más, que el sector público se comporta de modo similar a los gases nobles y como estos, tiende a ocupar íntegramente el volumen del recipiente que los contiene, en este caso, España. Así que al igual que estos, debe comprimirse para obtener el mejor rendimiento. Nuestra administración pública padece de cierto anquilosamiento y esa realidad reafirma la idea de que es imprescindible modernizarla, aplicándole criterios de rentabilidad, economía y eficiencia.
Porque, ¿cómo es posible que aun existan sociedades vinculadas a la Expo 92 y a los Juegos Olímpicos de Barcelona? Hablar de agilizar su proceso de liquidación resulta jocoso. Son sociedades cuya actividad finalizó hace veinte años y se crearon exclusivamente para un acontecimiento concreto.
Ahora bien, son procesos con la rapidez, elasticidad y dinamismo de un volatinero si se comparan con los casos del Ferrocarril Central de Aragón y de la MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante). Estas dos empresas fueron nacionalizadas como todo el sector ferroviario en 1941 dando lugar a la creación de RENFE y ahora se pretende apresurar su liquidación. Un dislate. Así que no me extrañaría que aún estén sin auditar las Cuentas del Gran Capitán.
Como señala el documento de presentación del “Plan de reestructuración y racionalización”, una empresa pública se justifica porque desarrolla actividades de interés general que no cubre la iniciativa privada o porque ejecuta políticas públicas de inversión. Pero en cambio, se reconoce que la proliferación de empresas y fundaciones no ha buscado optimar la prestación de servicios sino que responde a motivos tan poco edificantes como huir de los controles jurídicos exigidos por el derecho administrativo o evitar el cómputo como déficit público de determinadas inversiones. Es digno de alabanza reconocer los errores, lo es reparar el daño, liquidando estructuras obsoletas y hacer propósito de enmienda, en la confianza de que no vuelva a ocurrir.
En definitiva, nuestras empresas públicas recuerdan al grafito, que tiene la misma composición que el diamante pero vale mucho menos. Por eso es difícil convencer a los ciudadanos de que son necesarias. Y si no, intenten persuadir a su esposa de que un diamante no es más que otra de las formas alotrópicas del carbono y regálenle un lápiz del dos para su aniversario.
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Escuchar que no hay diferencias de fondo entre la forma de gestionar la economía de un país y la de una familia cualquiera se ha convertido en una especie de mantra. Y es una idea tan cierta como que la propia etimología de la palabra no significa en griego otra cosa que administración del hogar. Lo que originalmente nombraba al ama de casa – “oikonomiá” – acabó denominando al administrador, pues “oikos” es casa, en el sentido patrimonial de la expresión y “némein”, administrar.
Gestionar correctamente una familia, una empresa o un país, requiere plantearse con antelación dos cuestiones fundamentales: con qué dinero se cuenta y en que pretendemos gastarlo. Cuando hemos reunido todos los datos, se anotan en un papel – o, si son muchos, en una libreta – para obtener algo tan importante como un presupuesto. Es decir, una lista más o menos compleja en la que apuntamos los ingresos y los gastos para después hallar la diferencia entre ambos y poder prever si tendremos o no fondos suficientes para abonar todo lo que tenemos intención de adquirir. Si nos sobra dinero tendremos superávit y podremos destinarlo a compras o inversiones, o guardarlo en previsión de tiempos más duros. El caso contrario es más preocupante puesto que el déficit – sobre todo si aparece cuando no disponemos de ahorro – nos va a exigir buscar financiación para poder cumplir con nuestras obligaciones y hacerlo, además, con la diligencia propia de un buen padre de familia, en añeja expresión de nuestro veterano Código Civil.
Nadie encarna mejor esa figura que Alberto Closas en “La gran familia”. Película que forma parte de nuestro imaginario popular. Supongo que la recuerdan: años sesenta, matrimonio feliz con marido pluriempleado, encantador abuelo (Pepe Isbert) y quince hijos, entre los que no se puede olvidar al inefable Chencho; el que se pierde en la plaza Mayor de Madrid en Nochebuena mientras corretea junto a los puestos del típico y tradicional mercadillo navideño.
Los gastos siempre son ciertos. Sabemos qué obligaciones asumimos y cuanto cuestan. Aquel padre de familia numerosa tenía perfectamente claro que en su casa se gastaba, lógicamente, una barbaridad en comida, ropa y demás necesidades básicas.
En cambio, los ingresos no son más que una mera previsión, en definitiva una opinión, a veces un deseo que puede o no, convertirse en realidad. Parafraseando el famoso soliloquio de Segismundo en “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, podemos decir que los ingresos presupuestados son como la vida, “un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Pero soñar los ingresos convierte la realidad económica en una pesadilla.
Para un estado la situación es idéntica. Mantener el delicado equilibrio del presupuesto familiar no es menos complejo que hacerlo con el de un país, una región o un ayuntamiento. La única regla de oro es gastar menos de lo que se ingresa. Ahorrar es la mejor forma de reducir los déficits y amortizar las deudas y se consigue gastando menos o ingresando más. Y aquí ya no son tan iguales estados y familias.
¿En qué se diferencian? En la capacidad de cada uno de ellos para generar ingresos. El estado ostenta un poder coercitivo del que no dispone el personaje de Alberto Closas. La ley permite a los poderes públicos detraer parte de la renta de los ciudadanos mediante impuestos, pero lo veta a los particulares. Igualmente, el estado tiene mayor capacidad de endeudamiento puesto que puede obligar, convencer o sugerir a determinadas entidades, por ejemplo el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, a adquirir su deuda, algo fuera del alcance de cualquier particular.
En las familias, para aumentar los ingresos sólo hay un camino, trabajar más y mejor, lo que no siempre es posible. El trabajo es un bien escaso y no nace exclusivamente, como por desgracia sabemos, de la mera voluntad de quien quiere trabajar. En cambio, los impuestos sólo requieren para exigirse la decisión, publicada en el BOE, del gobierno de turno.
Esa es la razón de que las familias apliquen la austeridad con mayor asiduidad que el endeudamiento. Una cosa es que el “padrino búfalo”, – interpretado por José Luis López Vázquez – propietario de una confitería y con posibles – en expresión muy de la época – acuda al rescate de un amigo con necesidades inmediatas de liquidez y otra muy distinta es pretender que los mercados internacionales actúen con el cariño, la lealtad y la ternura de un “padrino búfalo”. ¿O se imaginan ustedes a un bróker de Wall Street con la pinta de buenazo de José Luis López Vázquez?
La austeridad familiar se traduce en que los hermanos pequeños heredan la ropa de los mayores; los padres renuncian a salir los fines de semana o dejan de fumar; se hacen croquetas con el pollo que sobró del cocido y las dos semanas de vacaciones de otros años se convierten este, en diez días.
La austeridad pública se concreta, casi siempre, en subida de impuestos y exigencias al ciudadano para que pague bienes o servicios que ya financió con sus impuestos, ante la supuesta imposibilidad de eliminar determinados gastos.
Como es más duro ganar dinero trabajando que conseguirlo mediante la recaudación coercitiva, la eficiencia de las familias para ahorrar es muy superior a la de las administraciones públicas.
Plantear recortes sustanciales o incluso la desaparición de partidas de gasto cuya utilidad es de muy difícil justificación – cargos de confianza, coches oficiales, patrocinios deportivos o subvenciones ocultas a equipos de fútbol y caprichos variados como las televisiones y radios públicas, auténtico sumidero por el que desaparecen cantidades ingentes de dinero de nuestros impuestos – suele calificarse por parte de ciertos dirigentes como demagogia.
O sencillamente se recurre a la vieja metáfora del “chocolate del loro”. Pero en España, estos loros comen caviar beluga en vez de chocolate y hay tal cantidad de fauna que podríamos disponer en cada municipio de un Loro Parque como el de Santa Cruz de Tenerife.
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No creo que ninguno de los pocos privilegiados que tuvieron la fortuna de escuchar los recitales ofrecidos por Mozart en el palacio de Schönbrunn en 1762, albergara la más mínima duda respecto a la genialidad de aquel niño de apenas cinco años. Comprobaron que un fenómeno como Mozart queda para siempre – en palabras de Goethe – como un milagro que no se puede explicar.
En “Amadeus” (Miloš Forman, 1984), un sencillo cura es el involuntario testigo de la confesión del moribundo Antonio Salieri (F. Murray Abraham), que malvive desquiciado y atormentado en un manicomio, creyéndose el asesino de Mozart (Tom Hulce). El asombrado sacerdote quiere reconfortarle y arguye que todos los hombres son iguales ante Dios. El anciano responde con ironía: ¿todos? Salieri recuerda a Mozart y afirma solemnemente que sólo es un genio quien Dios decide. No cabe duda de que el azar interviene en nuestras vidas pero no es la única ni la mayor influencia que recibimos. En la dicotomía entre determinismo y libertad, sólo quienes eligen la libertad pueden escribir su propio futuro.
El pequeño Wolfgang y su hermana Nannerl eran unos genios musicales innatos cuyos conciertos asombraron a las cortes de Europa. Pero ese ingente capital intelectual, ese tesoro oculto, se habría dilapidado de no ser por la atenta dedicación de su padre, un profesor experimentado y exigente. Cuando Nannerl cumplió siete años, Leopold Mozart empezó su instrucción y descubrió como Wolfgang, cuatro años menor, atendía embelesado. Inició su formación como si fuera un sencillo juego y le enseñó a interpretar en el teclado. Años después, aquel niño era definido por Haydn como “el compositor más grande que he conocido, ya sea de nombre o personalmente”.
Debería atormentarnos pensar cuántos Mozart han podido malograrse a lo largo de la historia porque su pérdida nos afecta a todos. ¿Cuántos genios no han tenido siquiera la posibilidad de desarrollar sus cualidades innatas porque no ha habido cerca nadie que las descubra? ¿Cuántos no han sido convenientemente formados? ¿Cuánta innovación no vio jamás la luz? ¿Cómo sería el mundo que conocemos si la educación alcanzara realmente a todos y no fuera, para muchos, un lujo inalcanzable?
Educarnos contribuye a mejorar nuestra propia vida y la de los demás y es la única inversión en la que ningún estado serio debe escatimar ni un sólo céntimo, puesto que es la base fundamental para el desarrollo social y económico de un país. Educación y libertad están indisolublemente unidas porque la libertad se ejerce desde el conocimiento. Siempre es más fácil manipular a los ignorantes. Quizás por eso, los poderosos, en todo tiempo y lugar, le han puesto trabas. Saben que la cultura es lo que nos permite ser libres y seremos más libres cuanto más sepamos, porque la libertad no se proclama, se ejerce.
Y aún así, cultura y educación no pueden impedir la maldad o la locura de los hombres. Los mismos nazis que gaseaban judíos en los campos de la muerte podían deleitarse escuchando, a pocos metros de los barracones, delicadas piezas de música de cámara. Pero, al menos, nadie puede negar su eficacia como antídoto.
Tan claro es que Mozart era un prodigio como que su padre tuvo la inteligencia de cultivar los dones musicales de su hijo. Es más, se sintió obligado a ello. Y así deberían actuar los gobernantes que administran los recursos, por definición escasos, de las sociedades que les han elegido. Me abruma comprobar que Europa, inmersa en la crisis, olvide que la educación ha sido la principal razón de nuestro desarrollo. En un momento de la conversación con el sacerdote, Salieri confiesa su envidia infantil por Mozart, envidia que sentía, no de su genio prodigioso, sino de su padre que, a diferencia del propio, le enseñaba todo. Esperemos que las nuevas generaciones no se vean una situación similar. Descuidar la formación de nuestros jóvenes es quebrar la esperanza en un futuro mejor.
Vivimos una época de turbulencias económicas y sociales, una más de las que han contribuido a diseñar la Europa y la España que conocemos. En el siglo XIX, la educación permitió reducir la miseria y la delincuencia provocada por aquella. Como escribió Víctor Hugo, “cada escuela que se abre cierra las puertas de una cárcel”.
Renunciar a la educación es renunciar al futuro. Hay decisiones económicas de efectos inmediatos pero no es el caso de las inversiones a largo plazo, sean en educación, investigación, desarrollo o innovación. Al principio no notaremos efecto alguno en los recortes anunciados. En cambio, con el paso de los años, comprobaremos nuestro retraso y entonces tendremos que recuperar a marchas forzadas el tiempo perdido.
Hemos de buscar la eficiencia de los recursos dedicados a la formación, que debe ser continua y para todos. Es imprescindible alentar la cultura del esfuerzo porque cada euro que gasta o invierte un estado es fruto de la exacción tributaria. Pero no debemos caer en la trampa dialéctica de quienes atacan la gratuidad de los servicios públicos. Nada es gratis, todo lo que un ciudadano recibe del estado, o lo ha pagado ya, o lo va a pagar en un futuro. Por eso, debemos exigir que la gestión de nuestro esfuerzo no se dedique a gasto inútil o innecesario sino a inversión. Hay centenares de partidas donde eliminar gasto que no generará ingresos jamás – estructura del estado, empresas y televisiones públicas, etc. -, antes que hacerlo en la educación que es la única garantía de futuro de un país.
Los gobiernos deben diferenciar lo principal de lo accesorio. Eliminar o reducir lo que es primordial a la vez que se mantienen estructuras públicas improductivas es una actitud profundamente estúpida. Cuando nos demos cuenta de las consecuencias, será tarde y entonces, recordaremos las palabras que Shakespeare – en “Mucho ruido y pocas nueces” – puso en los labios del fraile franciscano: “jamás estimamos en su valor el bien de que gozamos; pero si lo perdemos, entonces es cuando apreciamos su mérito, que no estimamos mientras nos perteneció”.